Tenías esa ingenua edad, cinco años, y te llevé al supermercado.
-Quédate a mi lado, porque te puedes perder;- te dije entonces dentro de aquel lugar, sabiendo que sólo deseabas correr y explorar.
Al pasar por la zona en donde estaban los guardias, también te comenté que si te perdías, siempre debías buscar a un policía. Y de un momento a otro realmente te perdiste en aquel espacio enorme, para alguien nuevo y que recién existe.
Llamaron por un parlante al padre de un tal Miguel Ángel, y fui al lugar de los guardianes, el que antes te mostré en señales.
-Su hijo estaba perdido señor, quédese ya tranquilo.
Agradecí el gesto pero nadie supo que yo desde lejos siempre vi dónde estaba el niño. Y en el momento en que te miro y te pregunto cómo estás y también te digo que hay que tener cuidado con perderse; tú me respondes:
- ¡Cómo es posible, tú no te me pierdas nunca más!










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